Hoy muchas niñas y jóvenes crecen escuchando un mismo mensaje en redes sociales, en la escuela, en la televisión y en la política: que para ser una mujer fuerte y libre hay que pensar de una sola manera. Que existe una única forma correcta de ver el mundo y de entender lo que significa ser mujer.
Pero antes de aceptar cualquier idea, vale la pena detenerse un momento y hacerse una pregunta sencilla y muy importante: ¿esto realmente me hará una mujer más libre, más feliz y más plena?
Hace no mucho tiempo, muchas mujeres lucharon por algo muy justo: tener las mismas oportunidades que los hombres para estudiar, trabajar, participar en la vida pública y desarrollar sus talentos. Gracias a esas mujeres valientes hoy millones de niñas pueden soñar con ser científicas, artistas, empresarias, maestras o líderes.
Ese avance fue un triunfo enorme.
Pero en los últimos años han surgido discursos que ya no hablan solamente de igualdad, sino que presentan el mundo como si fuera una batalla constante entre hombres y mujeres. Como si hombres y mujeres estuvieran destinados a enfrentarse siempre.
Sin embargo, cuando miramos la historia de las familias, de las comunidades y de la sociedad, descubrimos algo distinto: el mundo se ha construido principalmente gracias a hombres y mujeres que han trabajado juntos, que se han apoyado, que se han amado y que han sacado adelante a sus hijos y a sus comunidades.
La cooperación, no la guerra, es lo que ha permitido que la humanidad avance.
También es importante mirar con honestidad lo que está pasando hoy. En muchos países las mujeres tienen más oportunidades que nunca para estudiar, viajar, trabajar y elegir su camino. Y sin embargo, muchas jóvenes dicen sentirse más solas, más ansiosas y más perdidas que antes.
Eso debería hacernos pensar.
Tal vez la verdadera libertad no está solo en romper normas o en rechazar todo lo que existía antes. Tal vez la verdadera libertad también tiene que ver con encontrar amor verdadero, amistades profundas, una familia que acompañe y un propósito que dé sentido a la vida.
Muchas personas descubren que la felicidad no aparece cuando todo es individualismo, relaciones pasajeras o una vida sin raíces. La felicidad suele crecer cuando existen vínculos fuertes, compromiso, confianza y personas con quienes compartir la vida.
Sin embargo, algunas corrientes radicales están difundiendo ideas que terminan confundiendo a muchas jóvenes. Se les dice que para ser libres deben despreciar la maternidad, ridiculizar a las mujeres que quieren formar una familia o ver el amor estable como una forma de opresión.
Se les dice que la pornografía es normal y que al igual que la prostitución puede ser una forma de independencia económica, que el terminar con la vida de un hijo o hija no nacida es una decisión personal y la solución rápida para problemas difíciles y que las creencias religiosas merecen burla o desprecio.
Al mismo tiempo, muchas mujeres que deciden dedicar parte de su vida a cuidar a sus hijos o construir una familia son tratadas como si fueran menos inteligentes, menos valientes o menos valiosas.
Pero la verdadera libertad consiste en respetar las decisiones de todas las mujeres, no en burlarse de quienes eligen caminos distintos.
También es importante reconocer algo que muchas veces se oculta: algunas organizaciones feministas radicales han convertido el activismo en un espacio de poder, dinero y visibilidad pública. Para ellas, mantener el conflicto constante puede resultar conveniente.
Por eso a veces se promueve el enojo permanente, la confrontación y la idea de que la sociedad está llena de enemigos.
En las manifestaciones del Día Internacional de la Mujer se justifican y hasta celebran los actos de violencia, destrucción y odio que poco tienen que ver con la dignidad y el respeto que las mujeres merecen.
La violencia no dignifica a nadie.
Tampoco sirve de nada escuchar discursos políticos llenos de frases motivadoras pero vacías. Hoy se repiten constantemente consignas como “es tiempo de mujeres”, “paridad sustantiva” o expresiones populares como “ahora las mujeres facturan”.
Pero mientras esas frases se repiten en discursos y campañas, muchos problemas reales siguen ahí y siguen afectando la vida de millones de mujeres. Muy poco ha impactado en México la paridad de género impuesta en política como varita mágica cuando persisten situaciones muy graves como la violencia contra las mujeres, los feminicidios, las desapariciones, la inseguridad en las calles y en el transporte, la impunidad para los agresores, la pobreza que golpea especialmente a madres solteras, la falta de oportunidades laborales dignas, la desigualdad salarial, el abandono institucional a mujeres buscadoras de familiares desaparecidos, la falta de apoyo a madres trabajadoras tras la eliminación de estancias infantiles, la mortalidad materna que sigue siendo alta en varias regiones del país, el acceso desigual a servicios de salud y educación, y la vulnerabilidad de miles de niñas frente al abuso y la violencia.
Mientras estos problemas estructurales no se enfrenten con políticas eficaces y resultados reales, los discursos y las consignas seguirán siendo insuficientes frente a los desafíos que viven diariamente millones de mujeres.
Nada de esto significa que una mujer deba limitar sus sueños. Al contrario. Las mujeres han demostrado que pueden lograr cosas extraordinarias en todos los campos: en la ciencia, en el arte, en la educación, en la política, en los negocios y en la vida social pero no por su condición de género, sino por su capacidad y mérito.
El verdadero poder de una mujer no nace del enojo permanente ni del desprecio hacia los hombres.
Nace de algo mucho más profundo: su dignidad, su inteligencia, su capacidad de amar, su fuerza para construir y su deseo de hacer del mundo un lugar mejor.
Por eso es tan importante pensar con calma. No todo lo que se vuelve viral en redes sociales es necesariamente verdad. No todo lo que suena moderno es necesariamente sabio.
Cada niña y cada joven merece tiempo para descubrir quién quiere ser realmente, qué valores quiere defender y qué tipo de vida desea construir.
En ese camino, las madres, las maestras, las mentoras y las líderes tienen una misión muy importante: acompañar, escuchar, orientar y ayudar a pensar. No para imponer ideas, sino para ayudar a descubrir algo fundamental.
Que el valor de una mujer no depende de seguir una ideología ni de enfrentarse con los hombres.
Su valor está en quién es como persona, en su capacidad de amar, de crear, de aprender, de cuidar, de liderar y de dejar una huella buena en el mundo.
Reflexionar sobre todo esto no busca quitarle libertad a nadie. Al contrario.
Busca proteger algo muy valioso: la libertad interior de cada mujer para elegir su camino con sabiduría, con responsabilidad y con esperanza.









