Aunque oficialmente todavía falte tiempo para que el calendario electoral lo admita.
Por un lado, el PAN se mueve con método, con tensiones internas sí, pero dentro de un marco reconocible: reglas claras, conducción política y un objetivo común que nadie disimula. Martín Arango no promete milagros ni fuegos artificiales; lo que plantea es algo más simple y, por lo mismo, más efectivo: territorio, estructura, trabajo constante y una competencia interna que, se mantiene dentro del partido. No es poca cosa en tiempos donde la improvisación suele venderse como estrategia.
La decisión de apostar por una figura de “coordinación” rumbo a 2027 puede gustar o no, pero al menos tiene orden y propósito. Se parece, sí, al modelo que Morena puso de moda con las “corcholatas”, pero con una diferencia clave: en Querétaro el PAN gobierna, tiene resultados que mostrar y una base social que responde. Utilizar una estrategia no implica copiar el fondo, y ahí es donde muchos críticos parecen quedarse cortos.
Además, el PAN juega con una ventaja silenciosa pero poderosa: la gestión cotidiana. Mientras se discuten encuestas, nombres y aspiraciones, el gobierno estatal sigue anunciando inversiones, defendiendo indicadores económicos y sosteniendo una narrativa de estabilidad que, en un país cada vez más incierto, pesa más de lo que algunos creen. No es casualidad que Querétaro siga apareciendo como un estado atractivo para capitales, migrantes y proyectos de largo plazo.
En contraste, Morena en Querétaro parece atrapado en su propio reflejo. El partido que presume disciplina nacional exhibe, a nivel local, una colección de desencuentros que ya no se pueden disimular. Que la dirigencia estatal desconozca públicamente a su propio secretario general no es un detalle menor: es una señal clara de desorden, de falta de control y de un proyecto que aún no logra alinearse ni siquiera hacia adentro.
Santiago Nieto menos ocupado por su cargo en el IMPI y más por recorrer comunidades y encabezar asambleas se posiciona en las encuestas pero no en el ánimo de Claudia Sheinbaum que no olvidará su consigna para Querétaro: “Es tiempo de mujeres”, lo cual seguramente favorecería a Beatriz Robles. Mientras tanto Morena sigue sin resolver lo básico: quién manda y cómo se toman las decisiones. La narrativa de unidad que funciona en Palacio Nacional se diluye en Querétaro entre reuniones incómodas, mensajes cruzados y rumores de alianzas que nadie confirma pero nadie logra apagar. Cuando un partido pasa más tiempo dando justificaciones que construyendo rumbo, generalmente algo no está funcionando.
Y mientras Morena discute su propia geometría interna, el PAN avanza sin pedir permiso. No está exento de desgaste, eso es evidente, pero ha logrado algo que en política vale oro: convertir la experiencia de gobierno en argumento, no en carga. Las discusiones sobre movilidad, transporte, obra pública y seguridad no desaparecen, pero se enfrentan con decisiones, no solo con discursos.
El caso del transporte público es ilustrativo. Hay presiones, por el crecimiento urbano y mucho por hacer, pero también hay datos: más usuarios, más rutas, más uso del sistema. En Morena, en cambio, la crítica suele quedarse en el señalamiento fácil, sin una propuesta clara de cómo hacerlo mejor, más allá de repetir consignas nacionales que no siempre aplican a la realidad local.
Algo similar ocurre con la seguridad. Los hechos violentos preocupan, suceden aquí como en todo el país, y en cualquier ciudad del mundo, pero Querétaro sigue reaccionando con operativos, coordinación y presencia institucional. No se puede bajar la guardia y las percepción ciudadana muestra que es un escenario atendido. En Morena, la crítica suele sonar más a reproche automático que a alternativa viable, como si gobernar fuera solo señalar desde la barrera.
El tema social también marca diferencias. La reducción de la pobreza laboral, aunque incompleta y con brechas evidentes, muestra avances reales. No perfectos, pero medibles. En ese terreno, Morena apuesta a capitalizar programas federales, pero sin una estructura local sólida que les permita traducir esos apoyos en respaldo político consistente. El resultado es una presencia dispersa, más mediática que territorial.
Incluso en el plano simbólico, el contraste es claro. El PAN aparece como un partido que discute su futuro hacia adentro, con nombres, encuestas y reglas que se debaten en público. Morena, en cambio, parece discutir su futuro a escondidas, entre deslindes, aclaraciones y mensajes contradictorios. Y en política, la percepción suele pesar tanto como la realidad.
Nada de esto significa que el PAN tenga la elección ganada ni que Morena esté fuera de la contienda. Pero hoy, al menos hoy, uno transmite control y el otro transmite ruido. Uno parece estar construyendo un camino largo y el otro sigue decidiendo por dónde empezar. En política, como en la vida, no siempre gana el que más grita ni el que más promete. Muchas veces gana el que llega con los deberes hechos, aunque no presuma tanto. Y si algo deja claro este documento es que, mientras Morena sigue buscando orden, el PAN en Querétaro ya está jugando el partido completo, con sus riesgos, sí, pero también con una ventaja que no se improvisa: la de saber exactamente qué está haciendo y hacia dónde quiere ir.






